“Proyectos como Al-Taha Festival son los que realmente pueden transformar la realidad de los entornos rurales”
Entrevistamos a Miguel Hiroshi, director artístico de Al-Taha Festival, iniciativa que por segundo año consecutivo llenará las antiguas eras de trilla y espacios de La Taha de numerosos artistas de diferentes estilos musicales
Pregunta. ¿Cómo nació la idea del Al-Taha Festival y qué te motivó a impulsarlo desde La Taha de Pitres?
Respuesta. Todo surgió cuando mi querido José Antonio García, el alcalde de La Taha, me propuso la idea de hacer un festival y me pidió que me encargara de la dirección artística y del concepto del proyecto. Yo me crié en este municipio, así que la propuesta me resultó muy atractiva. No solo por el lugar —que amo profundamente—, sino también por la cantidad de talento que reside aquí. El festival podía ser una gran plataforma para que todo ese arte local brillara.
P. ¿Qué significado tiene para ti el nombre “Al-Taha” y cómo conecta con la identidad del festival?
R. El nombre Al-Taha viene de la época árabe. Es una expresión que se utilizaba para designar los diferentes distritos o municipios que había en la Alpujarra. Existieron numerosas tahas a lo largo de las provincias de Granada y Almería, pero hoy en día, la única comunidad que conserva ese nombre es la Taha de Pitres, nuestro municipio. Para mí, este nombre simboliza la unión de pequeñas aldeas, el sentido de comunidad y el rescate de lo ancestral, del patrimonio en todos sus aspectos, algo que considero profundamente valioso.
¿Qué diferencia a este festival de otros eventos musicales o culturales en la Alpujarra o en Andalucía?
Una de las cosas que hacen singular al Al-Taha Festival es que su principal escenario son las antiguas eras de trilla. Espacios que en el pasado fueron muy activos, fundamentales para la vida rural, pero que hoy están en desuso. Estas eras, situadas en enclaves mágicos de la naturaleza, funcionan como anfiteatros naturales perfectos para rituales artísticos. Reactivarlas es también una forma de honrar a nuestros antepasados y de conectar con todo el trabajo y la vida que sucedía en ellas.
Además, el festival tiene un carácter itinerante: se desplaza por diferentes pueblos y espacios del municipio de La Taha, y no hay actividades simultáneas. Toda la programación está diseñada como un viaje colectivo, donde público y artistas compartimos cada momento. Cambiamos de escenario y de acto juntos; es un viaje ritual que vivimos juntos.
Este año el festival crece: cinco días, cinco pueblos, cinco estilos musicales. ¿Cómo fue el proceso de selección de artistas y espacios?
Sí, la verdad es que a veces la numerología se alinea de forma curiosa. Este año termina en 5 —2025—, y el festival también crece a cinco días de duración, con presencia en los cinco pueblos principales del municipio, y una programación basada en cinco estilos musicales: música tradicional, músicas del mundo, música clásica, flamenco y música electrónica. Todo ello tiene una resonancia muy musical en sí misma.
En cuanto a la selección de espacios, buscamos representar a todos los pueblos del municipio. Por eso este año hemos sumado un día más al festival, para poder incluir más de los escenarios naturales y patrimoniales que tenemos en La Taha.
La selección de artistas tiene dos vertientes. Por un lado, están los proyectos locales, que curiosamente se mueven entre estos cinco estilos musicales. La idea es que estos proyectos de música y arte de la comarca participen cada año en el festival, refinando y actualizando sus repertorios y su forma de expresión.
Por otro lado, invitamos a artistas de ámbito nacional e internacional dentro de estos cinco estilos. Así, durante los días del festival, se produce un encuentro entre el arte local y el foráneo, generando puentes artísticos y una verdadera unión.
¿Qué tipo de experiencia musical y emocional buscáis ofrecer al público con esa variedad de géneros?
Realmente, la música es una sola cosa, un único lenguaje. No entiende de etiquetas ni de géneros, aunque a veces necesitamos recurrir a ellos para poder nombrar y organizar. Lo que buscamos con esta propuesta es que el público pueda deleitarse con las distintas formas en que la música se expresa y se manifiesta.
Los cinco estilos que hemos elegido —música tradicional, músicas del mundo, música clásica, flamenco y música electrónica— tienen un fuerte arraigo en nuestra comunidad, que está rebosante de artistas y creatividad. Al mismo tiempo, la variedad es algo enriquecedor. Como cuando vas a comer: cada persona tiene sus gustos, y a muchos nos gusta picotear entre distintos platos. Esa diversidad genera una experiencia más rica y abierta, tanto musical como emocionalmente.

¿Qué papel juega la comunidad local en la programación artística o en la producción del festival?
La comunidad local juega un papel fundamental en todo lo que implica el festival. La verdad es que contamos con un gran equipo humano. Desde artistas que comparten generosamente su arte, hasta personas con experiencia en áreas como la producción, la logística, la edición, la difusión, el montaje, la cocina o el diseño. También colaboran muchas asociaciones locales, que son parte clave del tejido social y cultural del municipio. El festival es posible gracias a esa red de saberes, afectos y voluntades que se activa en torno a él. Es un verdadero trabajo colectivo.
Aunque esta es solo la segunda edición, el equipo sigue creciendo por el interés de personas de fuera que también quieren formar parte. Además, contamos con el valioso apoyo del Festival Sulayr, que se celebra en Pampaneira, nuestro pueblo vecino. Un festival con diez ediciones a sus espaldas y mucha experiencia. Estamos muy agradecidos por el hermanamiento que tenemos con ellos.
Se percibe un profundo respeto por el entorno, el patrimonio y lo rural. ¿Cómo lográis que el festival no solo no altere, sino que enriquezca la vida en La Taha?
En general, la gente que vive en la Alpujarra tiene un profundo respeto por su entorno, porque lo habita y forma parte de él. Toda la comunidad implicada en la realización del festival comparte esa conciencia. Y, curiosamente, la gente que llega también sintoniza con esa vibración. Hasta ahora, de forma orgánica, el festival no se ha desbordado: nos hemos mimetizado con el paisaje y con el ritmo del territorio.
Es un festival que, por su naturaleza, no puede ni quiere ser masivo, porque el territorio no podría soportarlo. El ambiente que se genera es familiar, respetuoso y consciente. Y eso, en lugar de alterar, enriquece.
¿Qué retos implica organizar un evento de este tipo en aldeas tan pequeñas y dispersas?
Hay principalmente dos grandes retos. El primero es el logístico: al tratarse de un festival itinerante, estamos continuamente cambiando de lugar, y además nos encontramos en un terreno de montaña escarpado, lo cual hace que todo el trabajo de transporte, montaje y desmontaje sea aún más desafiante. Aun así, lo llevamos a cabo con amor y alegría, porque precisamente ese matiz es el que le da una personalidad única al festival y permite que todo nuestro municipio brille y se ponga en valor.
El otro gran reto, como siempre, es el económico. Aunque contamos con un importante apoyo de la Diputación de Granada y de la Junta de Andalucía, sigue siendo necesario contar con más recursos para poder realizar todo lo que soñamos, con la calidad y el cuidado que queremos ofrecer.
¿Crees que festivales como este pueden tener un impacto a largo plazo en el desarrollo cultural o económico del medio rural?
Absolutamente. Son proyectos como este —donde tanta gente está implicada y donde se manifiestan tantas capas de vida, arte y comunidad— los que realmente pueden transformar la realidad de los entornos rurales en distintos niveles. De hecho, ese es nuestro principal objetivo y la razón por la que hacemos todo esto.
¿Cómo imaginas el Al-Taha dentro de cinco años? ¿Queréis que crezca, o que mantenga su carácter íntimo y local?
Sí queremos que crezca, pero no necesariamente en número de asistentes. Lo que buscamos es que crezca como proyecto: en calidad, en profundidad y en la manifestación de nuestras intenciones. Para nosotros, el festival todavía es un bebé, y deseamos que se desarrolle orgánicamente, no solo hacia un festival más maduro, sino sobre todo hacia un proyecto comunitario adulto, con raíces sólidas y una visión clara.

¿Algún sueño o colaboración artística que te gustaría ver hecho realidad en próximas ediciones?
Llevo unos 25 años dedicándome profesionalmente a la música a nivel internacional, y he tenido la suerte de cumplir muchos sueños trabajando con artistas y maestros que admiro profundamente. Hoy en día, muchos de esos grandes músicos son también amigos, y forman parte de la red de personas que estamos invitando al festival.
En cuanto a colaboraciones, mi deseo es seguir contando con proyectos locales y con propuestas de artistas que quieran sumarse, y también seguir trayendo a esos amigos y grandes artistas a formar parte de este proyecto. Que el festival sea un espacio donde confluyan lo local y lo internacional, lo íntimo y lo profundo.
Y en cuanto a sueños, me encantaría que el festival se consolidara como una plataforma transformadora, capaz de generar tanto impacto positivo que motive a más personas a venir a vivir a esta tierra, y que contribuya a que quienes ya habitan aquí puedan tener vidas más plenas, felices y conectadas.
Como artista y productor, ¿qué te aporta personalmente organizar un proyecto como este?
Por un lado, me gusta poder estar del otro lado. Durante años he estado en el rol del artista —bueno, sigo estándolo—, pero ahora, al estar también del lado del promotor, tengo la posibilidad de hacer las cosas de una forma que muchas veces había imaginado como artista. Eso me aporta diversión, aprendizaje y una nueva perspectiva.
Por otro lado, me llena de satisfacción poder compartir las herramientas que he adquirido a lo largo de mi trayectoria profesional y ponerlas al servicio de este proyecto. Es una manera de agradecer a esta tierra que me ha dado tanto en esta vida.
¿Qué mensaje te gustaría transmitir a quienes todavía no conocen el festival y están pensando en venir este julio?
Me gustaría contarles que La Taha es una joya escondida en la Alpujarra. Ya quedan pocas cosas auténticas, y esta es una de ellas. La Taha con sus aborígenes, sus artes y sus locuras… De ahí nace este festival. Un encuentro que brota de la vida real del lugar, y que invita a quienes vienen a formar parte de algo sincero, vivo y profundamente humano.
Con un formato itinerante, Al-Taha Festival recorrerá del 23 al 27 de julio las aldeas del municipio, como son Pitres, Mecina, Capilerilla, Fondales y Ferreirola, ofreciendo una programación de calidad en contacto directo con el paisaje y la vida rural de la Alpujarra.

