Algunos topónimos mineros de Las Alpujarras

Este artículo habla de topónimos mineros, es decir, de los nombres que se han creado para denominar en el subsuelo aquellos lugares “descubiertos” por el hombre

En España, desde la promulgación de la Ley 10/2015, de 26 de mayo para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, los nombres tradicionales de lugar, es decir, aquellos topónimos con los que los grupos humanos que habitan o han habitado un territorio conocen y designan a los lugares de su entorno, son reconocidos como patrimonio cultural inmaterial y, como tal, objetos de estudio
y protección. Se alcanza así el punto final de un largo camino que nuestra sociedad ha ido recorriendo en su intento por delimitar y concretar esta riqueza colectiva que le es propia, que la identifica, define y distingue de otras sociedades y grupos humanos (Fernando Arroyo Illera, 2018:33).

A partir de la promulgación de esa Ley 10/2015, los nombres de lugares geográficos o
topónimos son considerados patrimonio cultural con todo lo que ello significa de relación
entre el territorio y la colectividad que les puso nombre para denominar esos lugares.
Es lo habitual en los estudios de toponomástica analizar los nombres de lugar que están
en la superficie y que son los que se han transmitido de padres a hijos, pero en este artículo
vamos a hablar también de topónimos mineros, es decir, de los nombres que se han creado
para denominar en el subsuelo aquellos lugares “descubiertos” por el hombre, no
“vividos” de la misma manera que los de arriba, los de la superficie, los llamados
topónimos mayores o macro topónimos, es decir los nombres de los pueblos o ciudades
como por ejemplo Bérchules, o topónimos menores o microtopónimos, es decir, los
nombres de los pagos, los montes, los ríos …, por ejemplo Río Chico.


Estos topónimos ocultos a la vista geográficamente hablando, tienen su razón de ser en
cuanto que han sido resultado de la excavación hecha por el hombre (entiéndase:
empresas de excavaciones mineras), en busca de riquezas minerales (plomo, oro, plata,
cobre, hierro…). Aunque hay que decir que los topónimos de la minería fueron impuestos
en su momento según las circunstancias que más adelante analizaremos, tuvieron,
podríamos decir, varias etapas desde el instante en el que se puso el nombre que fue el
momento en que se hizo la concesión minera. En esos primeros momentos de actividad
de la mina se hizo un uso continuo de los nombres, pero luego, cuando devino el cierre,
bien por problemas económicos, por el cese de la concesión o por agotamiento de la veta
de mineral, los nombres dejaron de usarse y cayeron en el olvido, aunque si bien es cierto,
que entre los mineros y sus familias estos nombres nunca podrían olvidarse debido a la
angustia, al miedo inherentes a cualquier desgracia que pudiera haber ocurrido allí abajo
en la mina. Y también alegrías, por supuesto: esas emociones que se trasladaban de las
galerías de la mina a las casas de los mineros, a sus corazones e, incluso, a sus bolsillos,
pues no fueron pocos los concesionarios de minas que se enriquecieron con la extracción
del mineral.


El objetivo de este artículo no es presentar de manera exhaustiva los nombres que
designan las concesiones mineras de la Alpujarra, sino presentar algunos de ellos, hacer
una llamada sobre cómo se conciben estos nombres. Vamos a partir de un ejemplo
concreto (véase foto), un plano que tiene por título “Un plano superficial de varias minas
de hierro. Términos de los Bérchules y Trevélez (Granada)”. No consta fecha ni autoría y
está representado a escala de 1:5000. Es éste un plano topográfico de carácter general
que, según establece el Reglamento de Normas Básicas de Seguridad Minera y las
Instrucciones Técnicas Complementarias, reproduce toda la superficie afectada por la
explotación minera y los nombres de las concesiones mineras. Es un plano que, aunque
no recoge la situación de las chimeneas, ni los coladeros, ni las rampas, ni la ubicación
de los pozos, ni otros elementos de las instalaciones de la mina, nos aporta importantes
datos orográficos e hidrográficos, así como del hábitat humano en la zona (cortijos y
corrales).


El plano se sitúa entre parte del término de Treveles (sic en el plano) y el de Bérchules.
En él se señalan hasta cinco filones en profundidad con sus respectivos nombres, y en la
superficie aparecen elementos de la toponimia que son, en el término de Trevélez: una
vía de comunicación, el Camino de Bérchules al Puente, que parte del territorio de
Bérchules para atravesar el límite de Trevélez; y una acequia, la Acequia de Lobras a
Jubiles. Y ya en el término de Bérchules los topónimos que encontramos son: dos vías de
comunicación, Camino a Bérchules y Camino de Bérchules al Puerto de Cádiar; dos ríos,
Río Chico y Río de Bérchules; tres barrancos, dos que hacen referencia a las
características del terreno, Barranco de las Angosturas (lugar estrecho) y, Barranco de
los Poyos (lugar alto elevado), y uno a un oficio Barranco de los Yegüeros, oficio antiguo
el de guardar o llevar las yeguadas, sobre todo en estas zonas altas de la Alpujarra donde
se criaban caballos; una acequia, Acequia de los Poyos; cinco cortijos, tres de ellos con
referencia a claros antropónimos, los nombres de los propietarios, Cortijo de Doña Adela,
Cortijo de la Polinara y Cortijo de Toribio; uno en la zona del barranco de su nombre,
Cortijo de Poyo Alto y dos cortijos más, Cortijo de Cajillas y Cortijo de Cascabillo que
hacen relación a cultivos, ya que sus nombres son términos usados en Botánica: “cajilla”
en el Diccionario usual de la RAE de 1817 es ‘el vasillo membranoso o cascarudo y hueco
que rodea y encierra la semilla’ y “cascabillo”, según el Diccionario de la RAE de 1780
es ‘la cascarilla en que se contiene el grano de trigo o cebada. También el capullo que
corona la bellota’. Encontramos asimismo un topónimo que hace referencia a un sitio
cerrado o descubierto, en una casa o en el campo, que sirve generalmente para guardar
animales, el Corral de Alejandro, referido al nombre de su propietario.


Los nombres que designan a los distintos filones (seis) los he agrupado por categorías.
Así, los hagiónimos o referidos a los nombres religiosos (santos o vírgenes), algún
nombre griego, antropónimos o nombres de persona, y un último campo o categoría, el
perteneciente a denominaciones que responden a la psicología del solicitante de la
concesión o a las expectativas sobre ella. En el término de Trevélez: Omega (la última
letra del alfabeto griego), Buena Conducta, Angelina, La Patrona (la patrona de la sierra
de Trevélez es la Virgen de las Nieves). En el término de Bérchules: Nuestra Señora del
Rosario, San Federico, San Fernando, San Gerónimo, San Manuel, Nuevo Milagro de
San Antonio (el patrón de Trevélez es San Antonio de Padua); María, Federico; Fortuna,
La Buena Madre y, con una mayor carga en lo fortuito, La Encontrada y El Descuido.
Finalmente -y también en Bérchules-, un nombre que hace alusión a la demasía, Demasía
Omega (el término demasía es definido en el Diccionario panhispánico del español
jurídico como: ‘terreno franco, comprendido entre dos o más minas, pero que no es
adecuado para libre concesión por su insignificancia o irregularidad, a las cuales se debe
adjudicar como complemento, por derecho preferente’).


Para contextualizar el plano que analizamos en la producción minera de la zona, diremos
que, en la comarca de la Alpujarra, el poblamiento humano se encuentra íntimamente
ligado a la actividad minera tal como señala Sánchez Hita en su artículo El patrimonio
minero en la Alpujarra granadina. Así, se han explotado minas de plomo y fluorita en la
Sierra de Lújar, de mercurio en la Alpujarra Media y de hierro en zonas de Bérchules,
Busquístar y Carataunas.


Nuestro plano en cuestión se corresponde con las minas de hierro de Bérchules que
comparte con Trevélez y pensamos que podría estar datado en los años 60 del siglo XX
(en fechas no muy lejanas, 1974, dejaron de explotarse las minas de hierro de la comarca).
Aron Cohen habla incluso de cómo desde la antigüedad se habla de minas de cinabrio en
la zona de Sierra Nevada (Cohen, 1998:173).


En las Respuestas generales del Catastro del Marqués de la Ensenada no se citan en 1752
ni en Trevélez ni en Bérchules la existencia de minas. Sí en Busquístar, en el Zerro que
llaman de las Minas.


Madoz, en 1849, cita textualmente para el municipio de Bérchules en su Diccionario
geográfico-estadístico de España y sus posesiones de Ultramar: “Por tradición se sabe que
en lo antiguo se trabajaron minas de metales preciosos, y lo comprueban las horruras encontradas
en diferentes sitios: también se ven muchas de hierro y azufre, sin que al presente se haya abierto
ni trabajado mina alguna con constancia”. Y habla también de la existencia de fuentes
ferruginosas. Y el mismo Madoz, para el municipio de Trevélez, cita: “El vecindario se surte de
los innumerables nacimientos que resultan de las filtraciones de las nieves, que cubren
perpetuamente las alturas del pueblo, existiendo algunos ferruginosos cuyos efectos están
probados como muy saludables”. Madoz no habla explícitamente de minas de hierro ni en
Trevélez ni en Bérchules, pero vemos que habla de aguas que llevan hierro en su composición.
Como complemento a la información aportada en este artículo adjuntamos las siguientes
fotos: -El plano general de las explotaciones que abarcan parte de Trevélez y de Bérchules y un
fragmento del mismo plano en el que se observan los nombres de algunas de las
explotaciones (Fortuna, el Descuido, la Encontrada, la Buena Madre, entre otros). – Recortes del mapa IGC de 1947 en el que se señalan, por un lado, unas minas de cinabrio
de las que no hemos encontrado otras referencias; y, por otro, la posible localización de
las explotaciones que aparecen en el plano general que venimos citando (en la zona de las
llamadas Angosturas) y sobre el que versa este pequeño estudio; hemos señalado en ese
fragmento el Cortijo de las Minas que, suponemos, habrá de hacer alusión a la ubicación
de las minas.


FUENTES Y REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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